martes, 30 de septiembre de 2008

La verdadera y perfecta alegría





Cierto día, el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo:
– «Hermano León, escribe.»
El cual respondió:
– «Heme aquí preparado.»
– «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.
Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.
También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.
Pero ¿cuál es la verdadera alegría?
Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es?
Yo respondo: El hermano Francisco.
Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.
E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.
Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche.
Y él responde: No lo haré.
Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Los girasoles ciegos.





"El niño ha muerto y le llamaré Rafael, como mi padre. No he tenido calor suficiente para mantenerle vivo. Aprendió de su madre a morir sin aspavientos y esta mañana no ha querido escuchar mis palabras de aliento"
Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, Rafael, ...
Mi primer libro lo leí a la edad de trece años; llevo treinta años leyendo. En este periodo de tiempo nunca he leído unas páginas tan tristes como el capítulo segundo de Los girasoles ciegos.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Un padre tenía dos hijos ...


El evangelio de este domingo ha sido un recuerdo de muchas de mis acciones; de aquellas en las que he dicho “voy” y se me ha olvidado ir, y de las que he pasado del tema y, al final, me he comido de remordimientos y he acabado haciendo lo que me han pedido. Yo mismo he sido como los dos hijos: coherente e incoherente.
El sábado estuve de boda. ¡Qué raro, no! Me tocó cenar junto a un padre y sus dos hijos. A primera vista me parecían iguales, conforme fueron manifestando su genio. El nervioso, intranquilo, exigente y gritón era el mayor. Mientras el pequeño era más dulce, agradable, silencioso y muy vergonzoso. Tan vergonzoso que cada vez que le dirigía la palabra se ruborizaba, parecía que se quería esconder entre los faldones de la mesa. El mayor era el primero que gritaba que se besaran los novios, con la servilleta removía el peinado de su madre y con una voz ronca me exigía que le llenase el vaso de agua, sin hacer caso omiso a su madre que le indicaba que me lo pidiera por favor. Sin duda alguna el niño de mis ojos iba siendo el pequeño que, seguramente, me estaría odiando por tanta pregunta sin respuesta que le dirigía.
La sorpresa vino al final, cuando los niños gozaban de su cesta infantil, llena de chucherías, el mayor la abrió y a todos los adultos que estábamos junto a él nos repartió sus dulces. Tengo que reconocer que me dejó con la boca abierta no es fácil encontrar un niño con esa capacidad espontánea de compartir, de dar desinteresadamente, de regalar lo que ha recibido como regalo.
Entonces volví a leer en evangelio: Un padre tenía dos hijos…

jueves, 25 de septiembre de 2008

La Celestina, otra vez.


Si fuera otro esta tarde, nada más terminar las clases, me hubiera marchado a Madrid. No es por ganas, que tengo muchas, es mas bien fuerzas, que noto que me faltan. Este mes de septiembre, entre las clases y las bodas, estoy acabado. No quiero quejarme mucho pues mi familia, desde el lunes está vendimiando, y eso sí que cansa, eso sí que duele.
Si quiero ir a Madrid esta tarde es por ser hoy uno de esos pocos días que en el Teatro de la Zarzuela se va a representar la ópera de Nin Culmell, La Celestina, con Alicia Berri.
Los críticos dicen de ella que es un acontecimiento musical que vale su peso en oro. Hace unos días, Radio Clásica, retransmitió la ópera desde dicho teatro, pero no pude escucharla por tener una importante visita. Mi gran amigo, el Doctor Marín, experto en este tipo de audiciones, me comentó que le había gustado mucho, que era una obra difícil, con carácter arcaizante y tintes oscuros, y que le sorprendió los aplausos a su término.
Ir a Madrid hoy es un gran riesgo, pues suelen estar agotadas todas las localidades de estos magníficos eventos, más cuando son estrenos mundiales, antes de salir a la ventanilla. Como siempre, buscaré el disco, leeré el libreto y me creeré que estoy, con los ojos cerrados, en el teatro de La Puebla de Montalbán, que falta le va haciendo. Porque soñar es gratis, pero hay sueños que ya van siendo hora que se conviertan en realidad.
Después de la siesta llamo al Teatro de la Zarzuela. Hay localidades. Lo siento mucho pero he sido muy feliz soñando la siesta.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Colores del Verano.





Cuatro colores han predominado este verano que está a punto de marcharse. Cuatro colores, cuatro espacios diferentes y los cuatro me han enriquecido.
El azul de Benidorm, de su mar, de su cielo.
El verde de la Mancha, de sus viñas madurando su rico fruto.
El negro de La Recua, del teatro, de los amigos de diez años.
Y el amarillo de La Rinconada, de un pueblo y una gente reivindicativa.
Cada lugar tiene su color. Cada persona tiene su color. Cada palabra tiene su color.