
sábado, 22 de marzo de 2008
viernes, 21 de marzo de 2008
Silencio
Como un día intenso parte la Semana Santa pueblana. Hay gente en la plaza jugando a la calva, pero el convento franciscano se va llenando de almas que buscan purificar sus vidas para vivir, desde la intensidad del corazón, los días sagrados de la fe. Con el mensaje del servicio y el fraternal amor, el gesto del lavatorio de los pies es la mejor lección que podemos dar, un acto más que purifica. Ya limpios pasamos al banquete, a la memoria, a la tradición donde los comensales se llenan de inmortalidad ante los alimentos sacramentales. Y es en la presencia, en el silencio, en el estar en el Huerto de los Olivos donde surge la oración, el acompañamiento, el deseo de no dejar sólo a Jesús en sus últimas horas. Aquel que pasó por el mundo haciendo el bien, que había dado de comer a hambrientos, que había curado a paralíticos, leprosos y enfermos, que solo tenía palabras llenas de ternura, incluso para los enemigos,... Aquel ,cuya pretensión era mostrar el corazón de Dios que nos ama, es condenado a muerte. Es en el silencio de la noche de La Puebla de Montalbán cuando los penitentes, con rostro tapado y con promesa de no hablar durante el recorrido, comienzan sus estaciones de penitencia. Los de Jesús de Medinaceli, a sus pies, se van revistiendo en el templo a puerta cerrada. Nadie está invitado a identificar los pies descalzos, ni los andares de los hombres y mujeres que debajo de la túnica morada esconden lo que son y lo que piden. Y en la hermosura de la noche, con luna llena fría, los nazarenos se incorporan a la comitiva procesional. La voz de saetero, escondida en una ventana, canta emocionado y nos hace sentir la tierna mirada de Jesús, la tierna mirada del amor. Con la emoción en la piel la turba aplaude agradecida sabiendo que ha estado apunto de sacarnos las lágrimas del corazón. Y es que en el silencio de la noche fría todo es oración.jueves, 20 de marzo de 2008
Cometas en el cielo


Tendré que buscar la novela de Khaled Hosseini en la que se basa la película Cometas en el cielo que tantas lágrimas me ha arrancado el pasado martes y, aún, recordando su última frase pone brando mi cuerpo. Por eso, después de una buena película, o mejor dicho, detrás de un buen film, hay un gran libro que se desea ser mejor. Si Reencuentro era el libro del 2007, creo, y estoy seguro de no equivocarme, de que esta película estará marcada para todo el 2008. Seguro que muchos de vosotros os pasa como a mi, que con la figura de Amir nos sentimos identificados, que nos gustaría redimir a aquel amigo, aquella persona, aquel animal, que hizo mucho por nosotros y, por vergüenza o por el qué dirán, no fuimos gratificantes con él. En mi vida hay muchos Hassan que no están en la región de los talibanes y que parece que he olvidado. Tal vez tendré que volver a jugar a las cometas para valorar lo alto que puede volar uno cuando tiene amigos con los que compartir la vida. No te la pierdas.domingo, 16 de marzo de 2008
Na de na
Te quiero, Carlota.
Quiero agradecerte, Carlota, ese pequeño detalle.
Sí, ese regalo de la otra noche.
Sé que le quitarás importancia, que es algo que haces con frecuencia en relación con otros y que al hacerlo te acordaste de mi. Y eso, el acordarte, ese pequeño gesto de la mente y del corazón el que más valoro.
Había recibido un mensaje de mi hermano que me decía "Na de na" y que tan desconcertadamente me había dejado. Le llamé y me explicó que no había sido seleccionado entre los mejores en un certamen de literatura de mi pueblo. Aunque me gustaría ganarlo algún año, no deja de ser un reto, lo cierto es que no escribo para ganar, sino porque me gusta poner palabras a mis sentimientos y, últimamente, a mis recuerdos de la infancia. Para mi es un premio escribir, participar y tener el reto de volverlo a intentar el próximo curso.
Este año el premio ya lo había recibido. Quien me conoce sabe que mi lema es "Si tú escribes, ellos escriben" cambiando el verbo de los carteles que tengo en clase que dice "Si tú lees, ellos leen". Si bien voy consiguiendo que algunos niños escriban, este año la gran recompensa fue ver cómo el Pirata también participaba en dicho certamen con un relato muy bonito que trataba de la amistad de una persona y un perro. El "Na de na" de mi hermano no tenía sentido. Aquí podéis leer el texto. ¿Dónde está la Chica? recoge una escena de mi niñez donde cuento cómo mi hermana pequeña, la Golondrina, trata de hacerse un hueco en la familia predominantemente machista.
Y esa noche, Carlota, me vienes con ese precioso, original y bonito detalle, que es como un trofeo a nuestra amistad literaria. Y Miguel me regala un libro. Y Antonio me saca los colores con ese piropo cortés. Esa noche, además, dormí como un triunfador, pues mi amiga, esa que le gusta pasear bajo la luz de las estrellas había venido y quería verme. ¿Con qué "Na de na"?
viernes, 14 de marzo de 2008
¿Dónde está la Chica? III
¿Dónde está la Chica? 3ª parte.
La madre, preocupada por el destino de la chica, se había sentado en la banca mientras esperaba la vuelta de los mozos. Pero uno a uno fueron llegando y nadie traía buenas noticias, con el calor nadie había en las eras, la tienda estaba cerrada, en la casa del Abuelito no había nadie y donde las gaseosas nadie había visto a la pequeña Isabel.
Creo que fue el puñetazo que dio la madre sobre la mesa la que despertó a la Golondrina. Todos asustados, pero con caras sonrientes, escucharon la voz infantil y tierna de Isabel que decía: Qué pasa, que tengo sueño.
La pobre Isabel, cabezona y terca para su edad, había decidido dormir la siesta en la banca. Como sus hermanos no la dejaron no le quedó otra que coger una almohada pequeña, la que usaba para su muñeca, y hacer la siesta debajo de la banca. Como la banca tenía faldas no se apreció el bulto de la niña por más que se buscó en la casa; quién iba a pensar que estaría durmiendo allí.
Y sin pensarlo dos veces, la madre se quitó la zapatilla y corrió a los cuatro chicos por toda la casa diciendo: Toma, toma. Para que durmáis bien la siesta.
Gregorio Rivera
A mi hermana, Begoña.
La madre, preocupada por el destino de la chica, se había sentado en la banca mientras esperaba la vuelta de los mozos. Pero uno a uno fueron llegando y nadie traía buenas noticias, con el calor nadie había en las eras, la tienda estaba cerrada, en la casa del Abuelito no había nadie y donde las gaseosas nadie había visto a la pequeña Isabel.
Creo que fue el puñetazo que dio la madre sobre la mesa la que despertó a la Golondrina. Todos asustados, pero con caras sonrientes, escucharon la voz infantil y tierna de Isabel que decía: Qué pasa, que tengo sueño.
La pobre Isabel, cabezona y terca para su edad, había decidido dormir la siesta en la banca. Como sus hermanos no la dejaron no le quedó otra que coger una almohada pequeña, la que usaba para su muñeca, y hacer la siesta debajo de la banca. Como la banca tenía faldas no se apreció el bulto de la niña por más que se buscó en la casa; quién iba a pensar que estaría durmiendo allí.
Y sin pensarlo dos veces, la madre se quitó la zapatilla y corrió a los cuatro chicos por toda la casa diciendo: Toma, toma. Para que durmáis bien la siesta.
Gregorio Rivera
A mi hermana, Begoña.
¿Dónde está la Chica? II
¿Dónde está la Chica? 2ª parte.
Enseguida llegó la calma a la familia y el silencio de la tarde calurosa trajo una buena siesta para todos. La madre, tras limpiar el comedor, quedó vencida en una silla viendo la tele, con la cabeza sujetada por un brazo mientras veía la tele. La casa recobraba por unos instantes la tranquilidad robada por los chiquillos. Como no era verano no se oía las chicharras que había en los campos cercanos, pero sí se escuchaban perfectamente los toques de campana que el reloj del Ayuntamiento repicaba dos veces con un retardo de dos minutos. El padre de las criaturas, el Señor Juan, debajo de algunos arbustos estaría refugiando la cabeza, pues aunque no era tiempos de siesta, la tarde tan calurosa no recomendaba trabajar nada más comer. El calor de las primeras horas de la tarde bien merecía un descanso mientras se hace la digestión.
Todos dormían a pierna suelta: el padre en el campo y los chicos en la banca, como si el sueño fuese solo para hombres. Pero el silencio en la casa de la familia Encinas duró poco. La madre, dando un grito fuerte, despertó a los chiquillos que alterados rompieron la siesta de forma brusca, poniendo cara de no saber dónde estaban ni lo que estaba ocurriendo.
¿Dónde está la Chica? - Gritó la madre una y otra vez.
El mayor, Vicente, tratando de ubicar su mente en el cuerpo tras el susto, trató de justificar que Isabel no estaba en la banca porque la banca era solo para los hombres. Y se justificaba porque había visto cómo su padre, cuando venía de trabajar, era su sitio preferido para dormir un rato antes de irse a la cama. Pero no sabía dónde podría estar la Golondrina. Estará en su cama, diría.
Ninguno de los cuatro supo decir dónde estaba Isabel. La madre, antes de despertarlos había comprobado que ni en la cama ni en ningún sitio estaba la Chica y comprobando que la puerta de la calle estaba abierta empezó a pensar que, tras la pelea con sus hermanos y, movida por la curiosidad infantil, la Golondrina hubiera abandonado el nido perdida por la calles del pueblo. Así que la madre, recordando por dónde había caminado en los últimos días con la chica dos años de la mano, decidió mandar a los chicos de dos en dos; uno a la tienda de Justo, otro a donde las gaseosas, el otro a casa del Abuelito y el que quedaba a las eras donde empezaba a ir a jugar con sus hermanos. Deprisa y corriendo la casa se quedó vacía. La madre empezó a preguntar a las vecinas si por casualidad se había metido en sus casas, pero no.
Enseguida llegó la calma a la familia y el silencio de la tarde calurosa trajo una buena siesta para todos. La madre, tras limpiar el comedor, quedó vencida en una silla viendo la tele, con la cabeza sujetada por un brazo mientras veía la tele. La casa recobraba por unos instantes la tranquilidad robada por los chiquillos. Como no era verano no se oía las chicharras que había en los campos cercanos, pero sí se escuchaban perfectamente los toques de campana que el reloj del Ayuntamiento repicaba dos veces con un retardo de dos minutos. El padre de las criaturas, el Señor Juan, debajo de algunos arbustos estaría refugiando la cabeza, pues aunque no era tiempos de siesta, la tarde tan calurosa no recomendaba trabajar nada más comer. El calor de las primeras horas de la tarde bien merecía un descanso mientras se hace la digestión.
Todos dormían a pierna suelta: el padre en el campo y los chicos en la banca, como si el sueño fuese solo para hombres. Pero el silencio en la casa de la familia Encinas duró poco. La madre, dando un grito fuerte, despertó a los chiquillos que alterados rompieron la siesta de forma brusca, poniendo cara de no saber dónde estaban ni lo que estaba ocurriendo.
¿Dónde está la Chica? - Gritó la madre una y otra vez.
El mayor, Vicente, tratando de ubicar su mente en el cuerpo tras el susto, trató de justificar que Isabel no estaba en la banca porque la banca era solo para los hombres. Y se justificaba porque había visto cómo su padre, cuando venía de trabajar, era su sitio preferido para dormir un rato antes de irse a la cama. Pero no sabía dónde podría estar la Golondrina. Estará en su cama, diría.
Ninguno de los cuatro supo decir dónde estaba Isabel. La madre, antes de despertarlos había comprobado que ni en la cama ni en ningún sitio estaba la Chica y comprobando que la puerta de la calle estaba abierta empezó a pensar que, tras la pelea con sus hermanos y, movida por la curiosidad infantil, la Golondrina hubiera abandonado el nido perdida por la calles del pueblo. Así que la madre, recordando por dónde había caminado en los últimos días con la chica dos años de la mano, decidió mandar a los chicos de dos en dos; uno a la tienda de Justo, otro a donde las gaseosas, el otro a casa del Abuelito y el que quedaba a las eras donde empezaba a ir a jugar con sus hermanos. Deprisa y corriendo la casa se quedó vacía. La madre empezó a preguntar a las vecinas si por casualidad se había metido en sus casas, pero no.
jueves, 13 de marzo de 2008
¿Dónde está la Chica?
¿Dónde está la Chica? 1ª parte
Hacía mucho calor y no era verano. El sol de la Mancha pegaba fuerte sobre los tejados de las viejas casas del barrio nuevo de Piédrola donde la familia Encinas, sencilla y humilde, habían decidido vivir, dejando las céntricas calles de la Plazoleta de la Iglesia. Era la hora de comer, los pequeños descendientes estaban todos a la mesa, nadie se levantaba a ayudar a la madre, la Señora Carmen, que con el luto riguroso por la muerte de la abuela se desvivía por atenderlos a todos. Tuvo que quitarse la zapatilla para que el tercero dejara en paz a los mayores. En la mesa: patatas cocidas con carne para los grandes; Vicente de diez años, Pedro de ocho y José de cinco; puré de patatas para los pequeños Antonio de tres e Isabel de dos. Aquella mesa era propia de una guardería.
Isabel era la pequeña de la casa, todos en la familia la llamaban “golondrina” y no sé por qué. Fue la tía abuela la que le puso ese apodo y como a José todos le llamaban “el pequeño”, cuando la cigüeña trajo a Isabel nadie la llamó como la pequeña, sino que cuando bien pronto comenzó a andar, sus pasos eran tan rápidos que la patriarca de la familia la dejó bautizada como “la golondrina” y con “golondrina se quedó. Isabel era la única chica de la casa, parecía que sus padres habían ido a por ella y hasta que no consiguieron una fémina para la casa no pararon de intentarlo. Y, en aquel triste año, en el mes de la vendimia, nació Isabel.
Todos terminaron de comer solitos. Bueno, todos no. José era muy lento, no paraba de hablar y de chinchar a los mayores, con los pequeños nunca se metía. Vicente y Pedro le regañaban pues todo el patrimonio que José había heredado de sus hermanos mayores lo estaba destrozando conforme llegaba a sus manos: la ropa, el triciclo, el balón de colores, la cartera del colegio. En algunas ocasiones los hermanos mayores lo habían encerrado en el cuarto de los animales como castigo por su mal comportamiento. José no aprendía la lección, castigo tras castigo iban cayendo sobre él conforme iban pasando los días de su infancia.
Mientras terminaba éste, los demás, por el reclamo de la madre fueron ocupando sus puestos en la banca para hacer la digestión con una buena siesta: Pedro y Antonio en un brazo y Vicente y José, cuando terminara en el otro. La chica, como todos los días, tenía que ingeniárselas en el centro, entre los pies de unos y de otros, pues la banca era propiedad de los chicos. La pobre Isabel se llevaba los puntapiés de sus cuatro hermanos, mientras su cuerpecito se acurrucaba entre ellos. Pero esa tarde hacía mucho calor y los chicos no se dormían, querían juerga después de comer, cosa que su madre no consentiría, pues a la mínima de ruido volvió a quitarse la zapatilla y tras calentar a los cuatro varones la calma volvió a la banca. Increpados por la rabia de ver que a la chica la zapatilla no le había rozado, decidieron los hermanos echarla del lecho de la siesta, mientras la madre fregaba los platos. La pequeña cogió su almohada y trató de buscar en la casa un lugar para dormir.
Hacía mucho calor y no era verano. El sol de la Mancha pegaba fuerte sobre los tejados de las viejas casas del barrio nuevo de Piédrola donde la familia Encinas, sencilla y humilde, habían decidido vivir, dejando las céntricas calles de la Plazoleta de la Iglesia. Era la hora de comer, los pequeños descendientes estaban todos a la mesa, nadie se levantaba a ayudar a la madre, la Señora Carmen, que con el luto riguroso por la muerte de la abuela se desvivía por atenderlos a todos. Tuvo que quitarse la zapatilla para que el tercero dejara en paz a los mayores. En la mesa: patatas cocidas con carne para los grandes; Vicente de diez años, Pedro de ocho y José de cinco; puré de patatas para los pequeños Antonio de tres e Isabel de dos. Aquella mesa era propia de una guardería.
Isabel era la pequeña de la casa, todos en la familia la llamaban “golondrina” y no sé por qué. Fue la tía abuela la que le puso ese apodo y como a José todos le llamaban “el pequeño”, cuando la cigüeña trajo a Isabel nadie la llamó como la pequeña, sino que cuando bien pronto comenzó a andar, sus pasos eran tan rápidos que la patriarca de la familia la dejó bautizada como “la golondrina” y con “golondrina se quedó. Isabel era la única chica de la casa, parecía que sus padres habían ido a por ella y hasta que no consiguieron una fémina para la casa no pararon de intentarlo. Y, en aquel triste año, en el mes de la vendimia, nació Isabel.
Todos terminaron de comer solitos. Bueno, todos no. José era muy lento, no paraba de hablar y de chinchar a los mayores, con los pequeños nunca se metía. Vicente y Pedro le regañaban pues todo el patrimonio que José había heredado de sus hermanos mayores lo estaba destrozando conforme llegaba a sus manos: la ropa, el triciclo, el balón de colores, la cartera del colegio. En algunas ocasiones los hermanos mayores lo habían encerrado en el cuarto de los animales como castigo por su mal comportamiento. José no aprendía la lección, castigo tras castigo iban cayendo sobre él conforme iban pasando los días de su infancia.
Mientras terminaba éste, los demás, por el reclamo de la madre fueron ocupando sus puestos en la banca para hacer la digestión con una buena siesta: Pedro y Antonio en un brazo y Vicente y José, cuando terminara en el otro. La chica, como todos los días, tenía que ingeniárselas en el centro, entre los pies de unos y de otros, pues la banca era propiedad de los chicos. La pobre Isabel se llevaba los puntapiés de sus cuatro hermanos, mientras su cuerpecito se acurrucaba entre ellos. Pero esa tarde hacía mucho calor y los chicos no se dormían, querían juerga después de comer, cosa que su madre no consentiría, pues a la mínima de ruido volvió a quitarse la zapatilla y tras calentar a los cuatro varones la calma volvió a la banca. Increpados por la rabia de ver que a la chica la zapatilla no le había rozado, decidieron los hermanos echarla del lecho de la siesta, mientras la madre fregaba los platos. La pequeña cogió su almohada y trató de buscar en la casa un lugar para dormir.
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